La Atención Centrada en la Persona también se construye en las decisiones que una persona sigue tomando sobre su vida diaria
Cuando se habla de Atención Centrada en la Persona (ACP) en residencias, suele pensarse en planes de atención individualizados, historias de vida, actividades significativas o adaptación de los espacios. Son elementos importantes, pero existe otra dimensión que permite observar de forma muy concreta cómo se está aplicando este modelo: el margen de decisión que conserva la persona sobre su vida cotidiana.
Vivir en una residencia implica adaptarse a una organización común. Existen horarios, rutinas asistenciales, normas de convivencia y necesidades relacionadas con la seguridad y la atención sanitaria. El objetivo de la ACP no consiste en eliminar esta estructura, sino en evitar que termine determinando todos los aspectos de la vida de las personas que viven en ella.
Una persona puede necesitar ayuda para vestirse y seguir pudiendo elegir qué ropa ponerse. Puede precisar asistencia durante las comidas y conservar preferencias sobre lo que le gusta comer. Puede necesitar apoyo para desplazarse y continuar decidiendo dónde quiere ir o con quién desea pasar parte de su tiempo.
La OMS considera que los cuidados de larga duración deben orientarse a mantener, en la medida de lo posible, la autonomía, la participación, la dignidad y la calidad de vida, adaptando los apoyos a las capacidades, valores y preferencias de cada persona.
Desde esta perspectiva, una pregunta resulta especialmente útil para los equipos residenciales:
¿Qué decisiones puede seguir tomando esta persona y qué apoyos necesita para poder tomarlas?
No se trata de una cuestión menor. La respuesta puede modificar la manera de organizar muchos cuidados cotidianos.
Cuando la rutina empieza a decidir por la persona
Las rutinas son necesarias en cualquier residencia. Permiten organizar el trabajo, coordinar profesionales y garantizar que determinadas necesidades se atiendan de manera adecuada. El problema aparece cuando una rutina pensada para facilitar la organización acaba convirtiéndose en una norma rígida que deja poco espacio para las preferencias individuales.
El horario de levantarse es un ejemplo sencillo. No todas las personas tienen los mismos ritmos de sueño ni comienzan el día de la misma manera. Cuando las condiciones asistenciales lo permiten, conocer estas diferencias puede ayudar a introducir cierta flexibilidad. Lo mismo puede aplicarse a determinados aspectos de la higiene, la alimentación o la organización del tiempo.
NICE (National Institute for Health and Care Excellence) recomienda que los servicios respeten el derecho de las personas a tomar sus propias decisiones, las impliquen en las decisiones que afectan a su atención y proporcionen los apoyos necesarios para que puedan expresar sus preferencias. En los centros residenciales también señala la importancia de ofrecer cuidados personalizados y de adaptar las actividades a las necesidades, intereses y preferencias de cada persona.
Por tanto, personalizar no significa que cada residente pueda decidir absolutamente todo. Significa identificar dónde existe un margen razonable de elección dentro de las condiciones de salud, seguridad y organización del centro.
Esta distinción es importante porque algunas decisiones se mantienen en la rutina simplemente porque «siempre se ha hecho así», aunque exista la posibilidad de hacerlas de otra manera.
Ayudar sin sustituir
La pérdida de autonomía también puede producirse cuando la ayuda se convierte, poco a poco, en sustitución.
Cuando una persona presenta dependencia física o dificultades cognitivas, es lógico que los profesionales asuman determinadas tareas. Sin embargo, no todas las partes de una actividad requieren necesariamente el mismo nivel de asistencia. Una persona puede necesitar ayuda para abrocharse una prenda y ser capaz de escogerla y ponérsela. Puede precisar supervisión durante una comida y continuar realizando por sí misma parte del proceso. Puede necesitar que se le explique una actividad paso a paso y después participar activamente en ella.
Por eso, la pregunta no debería limitarse a «¿puede hacerlo sola?». Es más útil valorar qué puede hacer de forma independiente, qué puede realizar con apoyo y qué necesita que otra persona haga por ella.
Este enfoque permite ajustar la ayuda a la capacidad real de cada persona y evitar que la dependencia en una actividad termine extendiéndose innecesariamente a otras áreas. NICE recomienda precisamente centrar la atención en lo que la persona puede hacer y en aquello que quiere mantener, y no únicamente en sus limitaciones.
La diferencia entre ayudar y sustituir puede parecer pequeña en una actividad concreta, pero tiene importancia acumulativa. Cuando los profesionales realizan de manera sistemática aquello que la persona todavía puede hacer, disminuyen las oportunidades de participación y de ejercicio de la autonomía.
En cambio, proporcionar el apoyo necesario para que pueda seguir participando permite mantener un papel activo incluso cuando existe una dependencia considerable.
Elegir forma parte de la vida cotidiana
La autonomía no se expresa únicamente en grandes decisiones. En una residencia aparece también en elecciones aparentemente pequeñas: qué ropa ponerse, dónde sentarse, qué actividad realizar, cómo pasar un periodo de descanso o qué objetos quiere mantener cerca.
Estas decisiones adquieren todavía más importancia cuando la persona presenta deterioro cognitivo o dificultades de comunicación. En estas situaciones, el objetivo no debería ser asumir automáticamente que ya no puede elegir, sino adaptar la forma de plantear las decisiones.
Puede ser necesario ofrecer dos alternativas en lugar de una pregunta abierta, utilizar imágenes, facilitar más tiempo para responder o prestar atención a las formas no verbales de comunicación. NICE recomienda proporcionar apoyos específicos para que las personas puedan expresar sus opiniones, preferencias y aspiraciones, incluyendo adaptaciones de la comunicación cuando sean necesarias.
También es importante reconocer que las preferencias pueden cambiar. Una persona que habitualmente disfruta de una actividad puede no querer participar un día determinado. Alguien que suele preferir compañía puede necesitar un periodo de tranquilidad. La ACP no consiste en identificar una preferencia y aplicarla de manera permanente, sino en mantener una atención suficientemente flexible como para detectar cambios.
Esto afecta también a la organización del tiempo. Una jornada significativa no tiene por qué ser una jornada llena de actividades. Descansar, conversar, escuchar música, pasear, permanecer tranquilamente en la habitación o simplemente decidir no participar en una actividad también forman parte de la vida cotidiana. Las recomendaciones de NICE para los centros residenciales señalan que las actividades deben responder a los intereses y preferencias de cada persona, reconociendo que estas pueden variar.
El entorno también puede favorecer o limitar la autonomía
La ACP no depende exclusivamente de la relación entre profesional y residente. El propio entorno residencial puede facilitar o dificultar la autonomía.
La disposición de los espacios, la posibilidad de utilizar determinados objetos, la privacidad o la facilidad para relacionarse con otras personas influyen en la experiencia cotidiana. Una habitación con fotografías, libros u objetos personales puede ayudar a mantener la continuidad con la propia historia, mientras que un entorno excesivamente institucional puede hacer más difícil conservar referencias personales.
Lo mismo ocurre con los espacios comunes. Poder elegir dónde sentarse, mantener determinadas relaciones o disponer de momentos de intimidad son aspectos relacionados con la forma en que la persona vive el centro, no simples cuestiones organizativas.
NICE recomienda que los entornos residenciales permitan la expresión personal, las preferencias y la elección, y que faciliten tanto las relaciones sociales como la privacidad y la autonomía.
Por eso, aplicar la ACP también implica revisar el entorno con una pregunta concreta:
¿Este espacio facilita que la persona haga y decida por sí misma todo aquello que todavía puede hacer y decidir?
Dependencia no significa dejar de decidir
Probablemente uno de los aspectos más importantes de este enfoque consiste en no confundir dependencia con incapacidad para tomar decisiones.
Una persona puede necesitar ayuda para prácticamente todas sus actividades básicas y, sin embargo, conservar preferencias claras y capacidad para participar en decisiones relacionadas con su vida. En otros casos, puede necesitar apoyos específicos para comprender la información, comunicarse o valorar las alternativas.
La OMS plantea que la valoración de las necesidades de las personas mayores debe contemplar no solo sus enfermedades y limitaciones funcionales, sino también su autonomía, sus relaciones, su participación y su capacidad para tomar decisiones.
Esto obliga a cambiar ligeramente la mirada profesional. Antes de decidir por la persona, conviene preguntarse qué apoyo podría permitirle participar.
A veces será suficiente con ofrecer más tiempo. En otras ocasiones habrá que simplificar la información, presentar alternativas concretas o utilizar una forma de comunicación más adecuada. Cuando la persona no pueda tomar una determinada decisión, será necesario actuar conforme al marco legal y asistencial correspondiente, pero esa circunstancia no debería llevar a asumir que ha perdido toda capacidad de elección.
La autonomía no significa hacerlo todo sin ayuda. También significa poder participar en las decisiones propias con los apoyos adecuados.
Una forma sencilla de llevarlo a la práctica
Esta perspectiva puede trasladarse al trabajo de los equipos sin necesidad de crear nuevos procedimientos complejos. Basta con escoger una actividad cotidiana y analizar cómo se toman las decisiones que intervienen en ella.
Por ejemplo, ante el momento de la ducha, el equipo puede revisar qué aspectos están determinados por necesidades asistenciales y cuáles podrían adaptarse a las preferencias de la persona. En la alimentación, puede analizar qué posibilidades reales existen para respetar gustos, ritmos o elecciones. En las actividades, puede valorar si la participación responde a los intereses del residente o si se ha convertido simplemente en una parte fija del horario.
El objetivo de esta revisión no es encontrar una residencia sin normas ni rutinas. Es distinguir entre lo que es necesario organizar y lo que podría personalizarse.
Una pregunta puede ayudar a iniciar esta revisión:
¿Qué estamos haciendo por esta persona que podría hacer ella misma, quizá con apoyo?
Y otra puede completar el análisis:
¿Qué decisión estamos tomando nosotros que todavía podría tomar ella?
Estas preguntas permiten trasladar la ACP desde los documentos y los principios generales hasta situaciones concretas de la vida diaria.
La ACP también se construye en lo cotidiano
La Atención Centrada en la Persona no se demuestra únicamente en un plan de atención bien elaborado. También se hace visible en la forma en que se organiza una mañana, en la posibilidad de elegir una prenda de ropa, en cómo se ofrece una actividad o en el margen que existe para decidir cómo pasar parte del día.
No todas las decisiones pueden quedar en manos de la persona. Las necesidades de salud, la seguridad, la capacidad funcional, los derechos de otras personas y la organización del servicio establecen límites que deben valorarse individualmente. Pero reconocer esos límites no debería llevar a restringir la autonomía más allá de lo necesario.
En última instancia, aplicar la ACP supone mantener una pregunta presente en la práctica cotidiana:
¿Qué puede seguir decidiendo esta persona y qué podemos hacer para facilitar que continúe haciéndolo?
Cuando esta pregunta forma parte de la cultura del centro, el cuidado deja de centrarse exclusivamente en cubrir necesidades y comienza también a proteger algo fundamental: la posibilidad de que la persona continúe participando en su propia vida.
